
Todo lo que pongo salió del mismo sitio y llegó a puertos distintos.
El amapiano de Johannesburgo, el afrobeats de Lagos, el dancehall de Kingston, el baile funk de Río, la champeta de Palenque, el currulao del Pacífico y la salsa de mi ciudad. La gente los oye como siete géneros de siete países. Son la misma raíz llegando por siete puertos.
La champeta existe porque los marineros de Cartagena y Barranquilla traían vinilos africanos en el barco. No es una metáfora bonita: es historia de puerto.
Nací en Cali, la capital mundial de la salsa, a hora y media de Buenaventura, que es el puerto negro del Pacífico. Antes de poner música monté bares, restaurantes y clubes. Curador y melómano: lo que pongo no lo aprendí en una lista de reproducción.
No llego a África desde Europa. Llego desde el otro lado del Atlántico. Hago el viaje al revés.

Lo que suena. Si no cabe en un puerto, no suena.
Salsa brava, guaguancó, salsa dura
Currulao, bunde, abozao, marimba de chonta
Champeta, terapia criolla, picó
Dancehall, reggae, riddim, bashment
Plena panameña, bultrón
Afrobeats, alté
Amapiano, afro house
Baile funk, batidão, samba
Cumbia, porro, mapalé, merengue, mambo
Mode up, calypso, socca
Dos fiestas, y no son lo mismo.
La afro-global. La fiesta de la casa. Donde todo lo que llega por estos puertos termina en la misma pista: amapiano, afrobeats, champeta, dancehall, currulao.
Una fiesta con tema, no con lista de peticiones. Si sonó, salió de un puerto.
La otra: sonidos retro latinos, de día. La fiesta que produzco yo mismo, itinerante, en Los Ángeles y Orange County. Empezó de noche y vuelve de día: con luz, con la gente que ya no sale de madrugada pero sí baila a las tres de la tarde.